natura 2

Retorno a la base

Armando tenía 11 años. Nunca conoció a sus padres. Su madre no se preocupó ni en averiguar quién era el padre, por lo que siguió su camino con el único afán de seguir viviendo una vida de pasiones. Armando fue el nombre con el que se inspiró la hermana Esperanza, en el orfanato, al ver la carita del recién nacido.

A los 6 años el destino quiso dar con el paradero del abuelo materno, el cual al enterarse de la noticia quedó en schok. No podía ni imaginarse que pudiera tener un nieto. Siempre intentó estar cerca de su hija pero ésta escapaba siempre, sin razones, hasta que un buen día no volvió. Él siempre supo que la perdían las pasiones…

El abuelo apenas tenía recursos para hacerse cargo del pequeño. Tampoco tenía demasiado tiempo libre, ya que necesitaba trabajar a todas horas para cubrir las muchas deudas que le ocasionó su hija. Consiguió acordar con el orfanato que se haría cargo del pequeño durante los fines de semana, ya que de momento no podía hacer mucho más.

Lo cierto fue que, desde la primera mirada, niño y abuelo tuvieron una conexión muy especial e inesperada. No pasó demasiado tiempo que Armando pudo al fin vivir con su abuelo y, aunque las cosas no eran fáciles, poco a poco todo se fue normalizando y hasta consiguió ayudas económicas. Ambos hacían un buen tándem. Cada vez era más evidente el amor que les unía. Las carcajadas formaban parte de sus cenas diarias, así como las conversaciones, que tomaban un cariz cada vez más intenso.

Armando cumplía 11 años. El abuelo enfermaba. Estaban muy acostumbrados a desnudar sus almas. En esta ocasión no podía ser menos. Armando veía como su abuelo se apagaba y éste, aun sin dolores, lo sabía.

Abuelo: Armando, puedo ver en tus ojos la confusión de un niño, pero también puedo sentir que tu alma aceptará mi partida. Acostumbrado como estás a valerte por ti mismo desde tu nacimiento y acostumbrado como estás a la muerte mayor que un niño puede soportar, la pérdida de su madre, deseo que no te afecte en demasía la mía.

Armando: A ti te he conocido abuelo, a ti te he amado. No puedo amar lo que no he conocido.  No puedo sentir otra muerte que la tuya.

Abuelo: Si me has amado, tu corazón siempre estará lleno. Lo que has conseguido llenar, nunca desvanece. Solo el vacío causa dolor y desaliento. Cuando retorne a la base, recuerda estas palabras:

‘Mi querido Armando… no temas si no puedes verme, oírme, tocarme. Mientras puedas sentirme la fuerza caminará contigo. Yo continúo siendo vida, mientras viva en ti. El gran viaje me espera, recorro mil y un países, estoy aquí y estoy allí, me siento libre y jamás me siento solo. Mi querido Armando… no puedo ver tu sonrisa pícara, no puedo escuchar tu voz, pero qué bien que ya no deba estar atento en mirarte ni esforzarme en oírte. ¡Ahora sin distancias y sin barreras, qué bueno que puedo sentirte atravesando directamente tu corazón!

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